Nueva Sociedad o el nacimiento de una socialdemocracia global

Nueva Sociedad o el nacimiento de una socialdemocracia global

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Tomás Straka

La mudanza de Nueva Sociedad a Caracas, en 1975, coincidió con un momento excepcional de la socialdemocracia: el movimiento se había hecho global, engrosando su familia con una gran cantidad de partidos africanos, asiáticos y casi con todos los latinoamericanos progresistas. La Venezuela de Carlos Andrés Pérez, en medio del boom petrolero, jugó un singular papel en ese proceso.

Entre 1975 y 2005 Nueva Sociedad se editó y se imprimió en Venezuela1. Aquellos 30 años constituyen, hasta ahora, la etapa más larga en la historia de la revista y también, probablemente, uno de los momentos de mayor protagonismo. También fueron tres décadas en las que el mundo se sacudió por procesos tan importantes como la tercera ola de democratización, el último trecho de la descolonización de África y Asia, y el final de la Guerra Fría. En todos ellos la socialdemocracia tuvo un papel protagónico. Incluso algunos consideran que fue su edad de oro. Líderes y movimientos socialdemócratas estaban a la vanguardia de las luchas contra el colonialismo y por la democracia, especialmente en América Latina y el sur de Europa (Portugal, España y Grecia), haciendo que la Internacional Socialista dejara de ser un movimiento básicamente europeo para convertirse en uno global. Willy Brandt, que la presidió durante la mayor parte de estos años (entre 1976 y 1992), jugó un papel clave en este cambio. Comprometido a fondo con la democratización del Tercer Mundo, hizo todo lo que estuvo a su alcance para incorporar partidos progresistas ya existentes a la Internacional, para fundar otros, y para apoyar a aquellos que ya se autodefinían como socialistas, pero que estaban en la clandestinidad

En este contexto, Brandt vio en Venezuela, en su presidente Carlos Andrés Pérez y en el partido Acción Democrática (AD) una plaza y aliados ideales para impulsar el proyecto en América Latina2. Como se espera demostrar en el presente artículo, la mudanza de las oficinas de Nueva Sociedad a Caracas a finales de 1975 está directamente relacionada con esta globalización de la Internacional Socialista y el rol que en ella se le dio a Venezuela3. La revista no solo será la portavoz y la caja de resonancia de los líderes socialdemócratas que luchaban por la democratización, tanto en América Latina como muy especialmente en España y Portugal (no en vano Mário Soares4 fue uno de sus fundadores y formaba parte de su consejo de redacción), sino que ayudó a motorizar un proceso muy importante: el de la definitiva incorporación a la Internacional Socialista de una gran cantidad de partidos revolucionarios y reformistas latinoamericanos, que más o menos estaban en su ámbito ideológico, pero que por razones distintas –algunas incluso doctrinales– no se declaraban socialdemócratas, o no querían formar parte de ninguna internacional.

Con anterioridad a la mudanza de las oficinas de Nueva Sociedad de Costa Rica a Caracas, en 1973, se había establecido en la capital venezolana una sede local de la Fundación Friedrich Ebert (FES, por sus siglas en alemán)5. Su primer director fue Klaus Lindenberg6, quien precisamente por su posición en Caracas conoció a Brandt y se convirtió muy pronto en uno de sus asesores más cercanos. Su nombramiento demuestra la importancia de Venezuela dentro de las líneas de acción de la Internacional Socialista y del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, por sus siglas en alemán). Si algo catapultó a Lindenberg fue la organización de la Conferencia de Caracas de 19767, un hecho muy importante en la historia de la socialdemocracia global. En este encuentro, por primera vez los líderes socialdemócratas europeos se reunieron con sus homólogos latinoamericanos, consumando (o en todo caso desbrozando) su incorporación a la Internacional. Brandt lo celebraba afirmando que «la Conferencia de Caracas ha sido un gran paso en el camino hacia el diálogo a nivel mundial entre fuerzas progresistas, que se sienten unidas en la defensa de los principios básicos de libertad, justicia y solidaridad». Así, puntualizó, «por primera vez se encontraron líderes políticos del socialismo democrático europeo con representantes de aquellas fuerzas, que en Latinoamérica desde hace decenios luchan por la libertad, la democracia y el progreso social»8.

En relación con el Caribe, por ejemplo, esto marcó el fin de la regional Asociación Interamericana Pro Democracia y Libertad, creada en 1950 por Rómulo Betancourt y Carlos Prío Socarrás9, en la que nos detendremos más abajo, y el ingreso de la llamada izquierda democrática10 caribeña al movimiento socialdemócrata global. El mismo Betancourt presidió la Conferencia de Caracas, bendijo la unión y dejó claro, en la clausura, que el testigo estaba en manos de los nuevos líderes: Pérez, Soares y sobre todo el español Felipe González11Nueva Sociedad, naturalmente, fue la gran difusora de este encuentro. Veamos cómo se tejieron los hilos de esta historia.

Primer hilo: la América Latina de los años 70

En 1976, Venezuela no solo fue noticia por la Conferencia de Caracas. Ese año el país nacionalizó su industria petrolera, aspecto clave en esta historia sobre el que se volverá más adelante; y el periodista Carlos Rangel (1929-1988) publicó lo que casi de inmediato se convirtió en un best seller latinoamericano: Del buen salvaje al buen revolucionario. Mitos y realidad de América Latina12. Polémico desde el primer momento, fue detestado casi de forma inmediata por la izquierda (un lote de ejemplares llegó a ser quemado en una pira durante una protesta estudiantil en la Universidad Central de Venezuela) y con los años se convirtió en uno de los grandes textos doctrinales del liberalismo contemporáneo latinoamericano (o neoliberalismo, para usar la expresión que se popularizó). Sin embargo, el ensayo es más difícil de clasificar. En muchos aspectos, se inserta en la tradición del liberalismo del siglo XIX, en la clave de un Domingo Faustino Sarmiento o un Miguel Lerdo de Tejada, al considerar que básicamente el pasado colonial y el catolicismo son los fardos que impiden el desarrollo, o al sugerir que en la emulación (o incluso franca imitación) de Europa y Estados Unidos está en buena medida la salvación latinoamericana. El imperialismo, sostiene, no es la causa de los males de la región, sino su consecuencia: justo debido a nuestra debilidad, atraso y desorden somos objeto de los imperios, no al revés. En este sentido dedica un capítulo entero a desmentir a José Enrique Rodó, lo que le valió desde el otro extremo su prohibición por la dictadura uruguaya.

A efectos de este ensayo, lo más importante es el panorama político de América Latina que se plantea en los tres últimos capítulos del libro. La prohibición de la dictadura uruguaya y la suerte de hoguera inquisitorial de los estudiantes venezolanos marcan el espectro dentro del que se debatían los países latinoamericanos, donde la democracia estaba viviendo muy malos momentos. Rangel identificaba ocho regímenes: el sistema mexicano del Partido Revolucionario Institucional (PRI)13; el «partido militar» (las dictaduras pretorianas); el sistema brasileño (es decir, su particular dictadura); el peronismo argentino; el modelo peruano (la dictadura de izquierda de Juan Velasco Alvarado14); el «experimento» chileno (el proyecto de Salvador Allende que, como veremos, resultó tan difícil de manejar por los socialdemócratas venezolanos); el caso de Fidel Castro, a quien básicamente consideró un viejo caudillo rural con ropajes modernos; y frente a todos ellos, los pocos «demócratas a contracorriente», en especial Betancourt (el «anti-Fidel», como lo llama) y Carlos Andrés Pérez. Si consideramos que también demuestra mucho respeto por Víctor Raúl Haya de La Torre, cuyas ideas considera esencialmente correctas, para 1976 Rangel era más un socialdemócrata que un neoliberal.

Su entusiasmo por Venezuela (que fue el mismo de Brandt) tenía, desde la perspectiva de la época, fundamento: en medio de un continente en el que los sistemas democráticos habían colapsado ya en la década de 1930, sobre todo a raíz de la crisis de 1929, y en el que los ensayos de democratización posteriores naufragaron con la Guerra Fría, se trataba no solo de las poquísimas democracias (sí, «a contracorriente» de las demás) sino aparentemente de la más exitosa. Comparada con las otras dos democracias latinoamericanas que entonces existían, la colombiana y la costarricense, era la que parecía más encaminada al desarrollo, gracias a los ingresos petroleros y a sus amplias políticas de reforma social; la políticamente más exitosa, debido a su victoria sobre la guerrilla comunista; y la de mayor proyección internacional. El resto de los países ensayaban revoluciones más o menos socialistas, o tenían dictaduras militares más o menos desarrollistas.

En efecto, la idea de alcanzar el desarrollo económico y social en un marco de libertades estaba en general descartada. O bien se concluía que la democracia habría de degenerar en desorden, que aprovecharían los comunistas para tomar el poder; o se consideraba que con las elites locales y las empresas transnacionales que usualmente controlaban los sectores claves de la economía era imposible hacer reformas realmente profundas, de modo que solo con un modelo similar al soviético los latinoamericanos nos podríamos desarrollar. El fracaso de Allende en Chile convenció a ambos bandos de que la democracia no era posible, ya sea porque demostró ser un caballo de Troya del comunismo, o porque demostró que sin una revolución radical los conservadores no permitirían los cambios. La sovietización cubana, con la «Ofensiva Revolucionaria» de 1968, que eliminó lo que quedaba del mercado y la propiedad privada, hizo otro tanto: en un extremo argumentaron que toda la izquierda quería imitar a la Unión Soviética, y en el otro, que si Fidel Castro había podido seguir adelante con su revolución fue precisamente por dejarse de medias tintas y sovietizar Cuba. Era una especie de trampa, de círculo vicioso, del que era muy difícil escapar.

Naturalmente, el contexto de la Guerra Fría hizo mucho al respecto. Había que estar con un bando o con el otro. Los países tercermundistas realmente no tenían espacio para una finlandización15 (y, en gran medida, sus elites tampoco la deseaban). Las superpotencias los usaron como el tablero para desplegar su conflicto, y así invirtieron mucho dinero, financiaron proyectos de desarrollo, subsidiaron actividades económicas, sobornaron a políticos y militares, otorgaron becas, enviaron agentes y armas, participaron en conspiraciones, emplearon a fondo la propaganda y la diplomacia para ganar a africanos, asiáticos y latinoamericanos, que poco podían o querían hacer para contrarrestar lo que se les ofrecía. ¿Cómo decir que no a un ferrocarril o a una represa, imposibles de pagar de otro modo? ¿Cómo negarse a unos MIG o a unos T-72, aunque sea fiados, para organizar un ejército razonablemente moderno? ¿Es posible darle la espalda a Estados Unidos cuando los comunistas están organizando guerrillas en los montes? Y eso sin contar el efecto de una maleta llena de dólares en muchos políticos y militares…

Colombia, Costa Rica y sobre todo Venezuela fueron los casos excepcionales de países que se mantuvieron en la esfera de Occidente, pero sin caer en una dictadura. Sus gobiernos reformistas tuvieron grandes problemas con los movimientos comunistas (que, en los tres casos, de modos distintos, llegaron al enfrentamiento armado), pero en general dentro de un clima de pluralidad y libertades políticas. A esto hay que sumar que salvo los «milagros» mexicano y brasileño, ninguno de los otros sistemas podía presentar sino resultados muy magros, cuando no completos fracasos. Muchos pensaban, y con razones, que la Revolución Cubana estaba resolviendo al menos los problemas fundamentales de la isla. Pero como era al costo de establecer el comunismo, muchos más pensaban que lo que se perdía era más que lo que se ganaba. Las «democracias a contracorriente» eran una especie de oasis, a las que no en vano miraban todos los demócratas de la región, y a las que de hecho se dirigían muchos de sus exiliados.

Pues bien, tales son las circunstancias en América Latina cuando en 1972 nace Nueva Sociedad. Con el histórico objetivo de salir de la trampa de que todo era comunismo o conservadurismo de derecha (objetivo con el que la socialdemocracia ya se había enfrentado antes varias veces), solo podía hacerlo en una de aquellas «democracias a contracorriente», como la de Costa Rica. Esto nos lleva al segundo hilo de la historia: el de la revista en sí y los políticos y pensadores socialdemócratas que la fundaron.

Segundo hilo: Nueva Sociedad y la izquierda latinoamericana

En las portadas de los primeros números de Nueva Sociedad leemos:

Nueva Sociedad es una revista de problemas sociales, políticos, económicos y culturales, que aparece cada dos meses. Los artículos que publica han sido solicitados y escritos expresamente para la revista. Las traducciones han sido debidamente autorizadas para Nueva Sociedad. Nuestros colaboradores hablan siempre en su nombre y bajo su exclusiva responsabilidad. Nueva Sociedad es una revista abierta al diálogo –lo más amplio posible–. Desea ser una tribuna ideológica para y desde América Latina –con participación también de la Península Ibérica– en esta hora difícil de los cambios de las viejas estructuras. Nueva Sociedad desea estar atenta a la hora del mundo e incluye, por eso, temas y autores europeos, asiáticos y africanos que puedan significar una relación, un aporte, una enseñanza al esclarecimiento de nuestros problemas latinoamericanos. Nueva Sociedad es publicado (sic) por «Revista Política y Cultural Nueva Sociedad Limitada» con domicilio en San José, Costa Rica. Nueva Sociedad agradece la ayuda para su confección tipográfica y para su impresión que recibe de la Fundación Friedrich Ebert de la República Federal de Alemania, en toda su primera etapa de consolidación hasta el día que pueda depender de la ayuda de sus suscriptores, sus otros compradores y anunciantes.

Este párrafo encierra varias cosas que aún aguardan ser precisadas. Primero, según se desprende, se trató de una iniciativa de un conjunto de políticos e intelectuales de América Latina, España y Portugal que encontró apoyo de la Fundación Friedrich Ebert, pero con la aspiración de que algún día la revista se desligara y acaso fuera completamente latinoamericana. Evidentemente, eso no ocurrió y, en gran medida, se puede entender comoquiera que la revista tenía mucho en contra. ¿Cómo podía tener muchos suscriptores y anunciantes una publicación costarricense que no podía circular, o solo podía hacerlo con grandes dificultades, en un continente dominado por dictaduras? ¿Cómo podía hacerlo si además lo que proponía no era muy popular entre las elites políticas, intelectuales, económicas y académicas: un camino intermedio entre las dictaduras de derecha y el comunismo? La cadena de los hechos que se tradujo en la creación de la revista y la incorporación de la FES al proyecto necesita ser reconstruida sobre la base de evidencias documentales.

En segundo lugar, se destaca el hecho de que la revista se centrara en América Latina y la Península Ibérica. Tal vez la presencia y la influencia intelectual del exilio republicano español, sobre todo en México y Venezuela, haya contribuido a eso. Los demócratas latinoamericanos, sobre todo los de la izquierda democrática, tenían como causa común la lucha contra el franquismo. Y así como México apoyó con armas a la República durante la Guerra Civil, AD, Betancourt y Pérez desde la década de 1940 respaldaron con todo lo que pudieron a los republicanos exiliados. Ampararon a numerosos de ellos cuando fueron gobierno por primera vez (1945-1948) y protegieron el funcionamiento de sus organizaciones en Venezuela, especialmente las del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y las anarquistas (AD tuvo un ala anarquista importante, sobre todo entre sus sindicatos). Cuando Felipe González logró el prodigio de arrebatarle el liderazgo del partido al histórico Rodolfo Llopis16, tanto Betancourt como especialmente Pérez, del que llegó a ser cercano amigo, lo respaldaron con entusiasmo. Durante la Transición española pusieron toda su diplomacia (eran los días de la llamada Gran Venezuela del boom petrolero, de la que ya hablaremos) a su disposición17. Al mismo tiempo, es probable que la FES también viera la democratización del sur de Europa como un proceso hermano del de América Latina, incluso por razones de idiomas. Con mucha probabilidad quienes hablaban español y portugués en la FES y el SPD se encargaban de ambas regiones. En cualquier caso, era algo sentido por los socialdemócratas latinoamericanos, españoles y portugueses. En los primeros números de Nueva Sociedad vemos anuncios de Exprés español, una revista centrada en temas españoles, editada en Fráncfort, así como de libros de republicanos en el exilio.

El consejo de redacción fundador de la revista fue, al respecto, emblemático: Demetrio Boersner, Rodrigo Borja, Orlando Cantuarias, Antonio García, Luis Alberto Monge, Jorge Selser, Mário Soares, Enrique Tierno Galván y Voriz An Wandter. Un grupo multinacional y de adscripciones partidistas y posturas tan variadas como suele ser común en la socialdemocracia. Borja (1935), Monge (1925-2016) y Soares (1924-2017), que en los años 80 llegaron respectivamente a las presidencias de Ecuador, Costa Rica y Portugal, promovieron una socialdemocracia bastante moderada, y mientras que Monge era líder de uno de los grandes partidos de la vieja izquierda democrática caribeña, el Partido Liberación Nacional, Borja y Soares fueron fundadores de partidos nítidamente socialdemócratas desde el principio. Boersner (1930-2016) fue un periodista, diplomático y académico venezolano y para aquel momento se había separado de AD para seguir al disidente Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), mucho más a la izquierda18. El académico y político Tierno Galván (1918-1986) llevaba años enfrentado con el PSOE, cosa que con el liderazgo de González no mejoró. Pronto se convirtió en uno de los más celebrados alcaldes de cuantos ha tenido Madrid. Cantuarias (1929-2014) era entonces ministro del gobierno de Salvador Allende.

El reto de hacer un foro con un universo tan variado, como se lo propuso Nueva Sociedad, era complejo y nos dice bastante de lo que representó el esfuerzo de enmarcarlo dentro de la Internacional Socialista, según el plan de Brandt. La distancia entre el gobierno del que formaba parte Cantuarias, tan cercano entonces a Fidel Castro, y AD o el Partido Liberación Nacional, que venían de combatir, derrotar y proscribir a las fuerzas comunistas, nos puede ilustrar el panorama de la izquierda democrática latinoamericana en 1972. Comencemos con un hecho más o menos anecdótico: el telegrama con el que Rómulo Betancourt interpeló a Augusto Pinochet dos días después del golpe que acabó con la democracia chilena y en el que Salvador Allende se quitó la vida. En ese telegrama, aparecido en la primera plana del diario El Nacional de Caracas del 13 de septiembre de 1973, se lee:

General Augusto Pinochet

Santiago de Chile.

Debido al control de comunicaciones del gobierno de facto que usted preside e invocando su condición de hijo de Chile, país vinculado a mi profundo afecto por la hospitalidad generosa que me dio en varios de mis exilios, le estimaré haga llegar el mensaje que le transcribo para la esposa e hijas del presidente doctor Salvador Allende, fallecido en trágicas circunstancias. El texto de mi mensaje es el siguiente:

Tencha de Allende e hijas:

Comparto con ustedes el dolor por la trágica muerte de Chicho. Ustedes saben que el distanciamiento que durante trece años existió entre nosotros por enfoques diferentes de la política latinoamericana no fue obstáculo para que mantuviéramos la amistad personal y la mutua estimación nacida en 1940.

Las abraza dolorido y conmovido.

Rómulo Betancourt.

El telegrama da pistas de la evolución de la izquierda democrática latinoamericana durante las tres décadas anteriores. El segundo exilio de Betancourt había sido en Chile (1938-1941), donde su amistad con Allende se hizo muy cercana. Chicho, e incluso Tío Chicho para la hija de Betancourt, llegó a ser prácticamente un miembro de la familia. Fue una hermandad que se mantuvo a lo largo de las dos siguientes y muy agitadas décadas que siguieron. Todavía en 1960, cuando la Asociación Pro Democracia y Libertad reúne en Maracay, Venezuela, el II Congreso Interamericano como un gran espaldarazo a la gestión de Betancourt, Allende es de las grandes figuras asistentes. Pero a partir de allí tomaron caminos distintos. La Revolución Cubana fue una especie de erupción que hizo estallar a la izquierda y lanzó a cada uno en una dirección distinto. Eran los días de la Guerra Fría, el menú de los regímenes posibles en América Latina era tan oscuro como el descrito por Rangel, y no había demasiadas opciones: o se estaba con la Unión Soviética o se estaba con Occidente, incluso para los «demócratas a contracorriente». Cada uno de los partidos socialdemócratas latinoamericanos, o de los que muy pronto se asumirían como tales, tuvo que hacer su propio «Programa de Godesberg»19 y reconducirse por un progresismo dentro del marco de una sociedad abierta y una economía que aceptara el mercado y la iniciativa privada. Betancourt y AD ya habían abandonado lo fundamental del marxismo en su gran divorcio de los comunistas de 193720, pero el nuevo contexto y el apoyo de Castro a los intentos por acabar con la democracia nacida en Venezuela en 1958 terminaron de afianzar su anticomunismo.

Así las cosas, mientras Allende se hizo cada vez más entusiasta de Castro, Betancourt se volvió, como lo llamó Rangel, el «anti-Fidel» por excelencia (Allende ironizaba preguntando si a Betancourt aún le quedaban glóbulos rojos21). Este antagonismo se repitió de forma más dramática dentro de su propio partido, que en ese mismo 1960 vivió su primera división, cuando casi con toda el ala juvenil se separa y funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), antecedente de los otros MIR que se organizarán poco después en Perú (1962) y Chile (1965). La participación de Castro en la división del MIR fue muy importante, a punto tal que no fue casual que el nuevo partido adoptara los colores del Movimiento 26 de julio. Y tampoco que fuera el principal impulsor de la insurrección guerrillera en Venezuela y participara en los golpes que intentaron derrocar a Betancourt en 1962.

En consecuencia, el golpe en Chile de 1973 supuso todo un dilema para AD. Por una parte, la Doctrina Betancourt propugnaba el aislamiento internacional de todo gobierno de facto, pero por la otra Allende era, desde la perspectiva del partido, una especie de traidor que se había pasado con armas y bagajes al enemigo. En aquel momento, además, se estaba en plena campaña para las elecciones presidenciales del 9 de diciembre. El candidato favorito era Carlos Andrés Pérez, a quien se veía como el pupilo de Betancourt, pero que también tenía el sambenito de haber sido el durísimo ministro de Relaciones Interiores (a cargo de las policías) y haber combatido a la guerrilla. La izquierda comunista lo acusaba sistemáticamente de «asesino» y de agente de la CIA. No obstante, Pérez era un genio en el arte de reinventarse y había logrado suavizar su imagen. Actualizando su vestuario, usando a fondo los medios de comunicación, empleando su risa fácil y gran capacidad oratoria, perdonando y reincorporando al partido a muchos adecos22 que se habían ido en las disidencias de los años 60, salvo los comunistas, había logrado para entonces que ya pocos lo recordaran como un súper policía. Frente al golpe contra Allende optó, como Betancourt, por una condena y un deslinde al mismo tiempo: «como es bien sabido, yo no comparto las ideas que defendió el doctor Allende. Pero Allende llegó al poder por vía electoral y esto exigía respeto a su mandato»23.

Carlos Andrés Pérez arrasó en las elecciones de diciembre de 1973 con casi 49% de los votos. A pesar de su cambio de imagen, de lo que decían las encuestas, de las pasiones que desataba, de sus promesas de vertiginosa renovación («democracia con energía» era uno de sus lemas), de los vientos de bonanza que la crisis energética ya producía en Venezuela, todos se quedaron cortos al prever la dimensión de lo que vendría. Quien se había empeñado en dejar atrás su imagen de «duro» y había sido elíptico en la condena del golpe a Allende tenía en mente una especie de gran salto adelante para Venezuela, adoptar políticas muy de vanguardia en la socialdemocracia de la época (vastas nacionalizaciones, ambiciosos planes de desarrollo, ampliación de las políticas sociales, tercermundismo) y hasta adoptar una especie de Ostpolitik24 (¡precisamente él!) con la izquierda vernácula e, incluso, con la Cuba de Castro. Si alguien tenía ganas y se sentía con fuerzas para unir a todo el progresismo latinoamericano, insertarlo en la estructura global de la Internacional Socialista y ponerlo al día con las ideas del momento, ese era él. Fue lo que casi de inmediato identificó Brandt. Tal es el otro hilo de esta historia, el que definió la mudanza de Nueva Sociedad y ayudó a impulsar su protagonismo: la Venezuela de los años 70.

Tercer hilo: la «Gran Venezuela»

Entre enero de 1973 y 1974 los precios del barril de petróleo subieron de unos 2,70 dólares por barril a más de 11 dólares. Este boom, que en el mundo generó crisis de inflación, escasez y desempleo en casi todas partes, fue para los países exportadores de petróleo el inicio de una década de inusitada bonanza. Si ya Pérez albergaba la intención de dar un viraje a Venezuela y de impulsar todas las causas del Tercer Mundo, la triplicación de los ingresos fiscales fue lo que terminó de empujar su vocación –enorme, a trechos audaz– de hacer historia. Llamó a su proyecto la «Gran Venezuela», que habría de concretarse con un país desarrollado para el año 2000. Junto con uno de aquellos adecos disidentes que regresaron al redil del partido, Gumersindo Rodríguez (1933-2015)25, nombrado ministro de Planificación, decidió emprender un vasto programa de transformación. Detengámonos un poco en él, ya que es importante para entender el conjunto.

Con la ayuda de tecnócratas jóvenes como Rodríguez, o como otros venidos de la empresa privada, Pérez inició una política frenética (¡democracia con energía!) de cambios en todo nivel, que aún hoy genera una opinión ambivalente. Estatizó las empresas estratégicas que estaban en manos de transnacionales, muy especialmente las de la industria siderúrgica (1975) y petrolera (1976). Siguiendo las indicaciones de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), obligó a que otras fueran traspasadas a empresarios venezolanos. También estatizó el Banco Central de Venezuela (1974). Emprendió vastos programas sociales de subsidios, promovió el pleno empleo, desarrolló una asombrosa política de obras públicas, inaugurando escuelas, hospitales, carreteras, acueductos, electrificación y viviendas sociales por todo el país. Estableció un amplio programa de becas para formar en el exterior a los profesionales que habrían de administrar a la «Gran Venezuela». Internacionalmente, se aplicó a fondo al tercermundismo. Fue en gran medida el organizador de la Conferencia Norte-Sur, llevada a cabo en París en 1974 (no en vano el diplomático venezolano Manuel Pérez Guerrero la copresidió) y reimpulsó a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) con la Cumbre de Argel en 1975. Apoyó la descolonización, sobre todo en el Caribe (algunos incluso llegaron a temer una especie de imperialismo venezolano, sobre todo en torno de Aruba, cuyo independentismo respaldó con fuerza26). Estableció relaciones diplomáticas con una gran cantidad de países africanos y de Oriente Medio, apoyó a los No Alineados, manifestó simpatía hacia Josip Broz Tito, pronunció encendidas declaraciones antimperialistas frente a Estados Unidos. Jugó un papel protagónico en la lucha de Panamá por tomar el control del canal y en la lucha de los sandinistas contra Anastasio Somoza. Restableció las relaciones diplomáticas con Cuba y llegó a desarrollar una amistad estrecha con Fidel Castro. Quienes se acordaban del súper policía se frotaban los ojos incrédulos. Como se dijo, apoyó en grados muy importantes la democratización de España, incluso en aspectos clave como la legalización del Partido Comunista y del PSOE (no en vano el rey Juan Carlos I visitó Caracas en 1976 y en 1977). La capital venezolana se llenó de exiliados del Cono Sur, a quienes generalmente se les conseguían empleos equivalentes a los que habían perdido en sus países. Y, como ya veremos, al alimón con Brandt, ayudó a que los partidos socialdemócratas de la región se incorporaran a la Internacional Socialista, de la que llegó a ser vicepresidente.

Todo aquello le ganó una enorme popularidad a Pérez dentro y fuera de Venezuela. Pero desde el principio también generó señales de alarma por la escala de los gastos, que rápidamente sobrepasaron la lluvia de petrodólares; por las dimensiones que estaba adquiriendo el Estado con las estatizaciones, el recalentamiento de la economía, que desató una inflación de dos dígitos que en el siguiente medio siglo logró Venezuela reducir solo en dos ocasiones (en el resto de los años los índices han sido de dos o tres dígitos, hasta llegar a la gran hiperinflación de 2018-2021). También hubo voces que advirtieron sobre el endeudamiento, que gracias a la bonanza era muy fácil de hallar y que por el nivel de gastos e inversiones creció exponencialmente. Otro problema que comenzó a generar preocupación fue el de los cada vez más frecuentes escándalos de corrupción. Venezuela había sido tradicionalmente un país muy corrupto, pero si algo diferenció los primeros años de la democracia de las dictaduras anteriores fue su honestidad administrativa. No puede afirmarse que se trató de administraciones sin máculas o libres de algunos escándalos, pero en general la corrupción había dejado de ser un rasgo característico de la vida política venezolana. Prueba de ello es que los presidentes del periodo sufrieron numerosas acusaciones por parte de sus enemigos (hay que ver todo lo que dijo la insurrección comunista), menos la más usual en Venezuela: la de corruptos. Sin embargo, a partir de 1974, la superabundancia de recursos, el crecimiento del Estado –que no fue todo lo ordenado que se hubiera requerido– y el volumen de los contratos, compras y financiamientos que se tejían en torno de él generaron oportunidades casi infinitas para las coimas, los sobreprecios y la distracción de dineros públicos. Muy pronto se hizo pública la ruptura entre Betancourt y su pupilo, y se formaron dos grupos en AD: betancuristas perecistas (o carlosandresistas). Los primeros sostenían el retorno a los valores primordiales, a la honestidad y moderación administrativa. Advertían que las estatizaciones podrían ser ruinosas a la larga y que la política de apertura con Cuba y los comunistas no sería retribuida con lealtad. Betancourt advirtió sobre la reaparición de conspiradores en distintos niveles del Estado (sobre todo los cuarteles) y sobre la posibilidad de que, en 2000, en lugar de ser la Gran Venezuela, seríamos más bien un país quebrado. Fue entonces cuando Carlos Rangel se alejó de su admiración por el modelo venezolano para hacerse un pensador neoliberal.

Pero en 1974, cuando Nueva Sociedad mudó sus oficinas a Caracas, el vaso se veía medio lleno. La Gran Venezuela aparentaba ser perfectamente posible, los indicadores sociales y económicos iban viento en popa, todo hacía pensar que Venezuela sería el feliz caso de un país del Tercer Mundo que habría de desarrollarse de la mano de un gobierno democrático y progresista. Pero, sobre todo, la política internacional de Pérez y la riqueza petrolera proyectaban una extraordinaria imagen entre los progresistas del mundo. Cuando Brandt lo vio como el compañero de ruta ideal para la globalización de la Internacional Socialista, no estaba desencaminado. En el Tercer Mundo tenía un poder de convocatoria probablemente mayor que el del canciller alemán. Y así como entre ambos surgió muy rápido una buena química, que creó una sincera amistad personal, el famoso carisma de Pérez había logrado otro tanto con muchos otros líderes, como González, Croes, el mismo Castro, que facilitaba las relaciones.

Si algo caracterizó a los números de Nueva Sociedad durante la segunda mitad de la década de 1970 fue su notable atención a lo que decían y hacían los adecos, quienes de esta forma aparecían como una especie de ejemplo a seguir. Ya el número 11-12 (marzo-junio 1974) había reproducido el programa de gobierno de Pérez, anunciando para la comunidad socialdemócrata la tesis de la Gran Venezuela27. En el número 21, noviembre-diciembre 1975, el primero con pie de imprenta en Caracas, aparecieron sendos artículos de dos ideólogos del carlosandresismo: el entonces ya todopoderoso Gumersindo Rodríguez, «La construcción del orden internacional de la postguerra», y Celestino Armas (1935-2011), «Nacionalización en democracia». Es una tónica que se repetirá en las siguientes entregas. Y como para que no queden dudas del rol de Venezuela en el contexto latinoamericano, en ese número 21 también aparece la «Declaración de Colonia Tovar», suscrita por un grupo de exiliados chilenos en julio de 1975, a propósito de un seminario organizado por el Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ILDIS), de la FES, en la localidad venezolana. Clodomiro Almeyda, Sergio Bitar, Renán Fuentealba, Rafael A. Gumucio, Carmen Lazo, Bernardo Leighton, Hugo Miranda, Carlos Morales, Aniceto Rodríguez y Anselmo Sule se comprometieron «en la construcción de una Sociedad Socialista, Democrática, Pluralista, de plena participación de los trabajadores en el poder»28. Definitivamente los socialistas chilenos seguían estando en una clave distinta a sus aliados venezolanos.

Es ese el contexto venezolano de la Conferencia de Caracas que se reunió entre el 22 y el 25 de mayo de 1976 en el emblemático Hotel Tamanaco (todavía es uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, pero fue construido durante el boom petrolero de la década de 1950, fundamentalmente para uso de los estadounidenses que, sobre todo, venían a hacer negocios). Se trata de otro hilo muy importante para terminar de configurar esta historia de Nueva Sociedad y la globalización de la socialdemocracia.

Cuarto hilo: la Conferencia de Caracas

Aquí ya empieza a perfilarse lo que todos los hilos seguidos hasta ahora habían ido tejiendo: el prestigio de la democracia «a contracorriente» venezolana, su estabilidad, clima de paz y libertad, sus políticas progresistas, bonanza petrolera, su política internacional, Pérez, su amistad con Brandt, su deseo de incorporarse a la Internacional Socialista, la gran cantidad de exiliados en Venezuela, la oficina de la FES, la sede de Nueva Sociedad, todo esto convirtió a Caracas en el lugar ideal para uno de los pasos fundamentales de la globalización de la Internacional Socialista, la Conferencia de Caracas. Ya vimos antes su importancia por vía del mismo Brandt. Seguir las deliberaciones, discursos y resoluciones del evento asombra. Si el acontecimiento se difuminó hasta casi borrarse de la memoria de los venezolanos, esto solo puede explicarse por la dimensión de las otras cosas que lo envolvieron (la nacionalización del petróleo, por ejemplo; o la Conferencia Norte-Sur de París). Pero en cualquier otro país del Tercer Mundo se habría convertido en un hito histórico.

La lista de los participantes impresiona: además de Brandt y los anfitriones Pérez y Betancourt, nada menos que Bruno Kreisky, Luis Alberto Monge, Óscar Arias, Rodrigo Borja, Felipe González, Bettino Craxi, Mário Soares, José Francisco Peña Gómez e, incluso, el legendario Víctor Raúl Haya de la Torre. La lista es mucho más larga, pero detengámonos en Haya de La Torre: si hasta él, quien fue el primero en intentar una especie de internacional regional, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), el que no se dejó convencer por el Comintern ni yendo a la Unión Soviética en los años 20, cuando no era tan fácil no ilusionarse por el comunismo, ahora aceptaba comulgar con la Internacional, ¿qué esperar del resto? Nueva Sociedad será generosa cubriendo el evento. En su número 24, de mayo-junio 1976, publicó las resoluciones del congreso, las palabras de Carlos Andrés Pérez, las de Thompson Dudley, y aprovechó la estadía en Caracas de Felipe González para hacerle una larga entrevista29. Los textos dan para una tesis doctoral, cosa que escapa de los alcances de este trabajo30.

Ahora bien, muy significativamente Nueva Sociedad no recogió las palabras de Betancourt ni las de Haya de la Torre. Un signo del momento. Parecía más interesada en lo que en efecto fue el porvenir de la socialdemocracia que en lo que el glorioso pasado pudiera aún comentar. Ninguno de los dos históricos sobreviviría a la Conferencia por mucho tiempo. Hay un dato importante que, en este sentido, es necesario resaltar: muy significativamente, la Conferencia de Caracas tuvo el largo –y tal vez un poco aparatoso– título de Encuentro de dirigentes políticos de Europa y América en pro de la solidaridad democrática internacional. No se trataba, ni remotamente, de un nombre gratuito. Para todos aquellos partidos latinoamericanos que «desde hace decenios luchan por la libertad, la democracia y el progreso social», como dijo Brandt, de inmediato remitía a los dos congresos Pro Democracia y Libertad (La Habana, 1950; Maracay, 1960), organizados, como se ha dicho, por la llamada izquierda democrática caribeña, tan remisa a formar parte de alguna internacional. Después de la disolución del aprismo como movimiento continental, todos estos partidos subrayaban su diferencia con los comunistas poniendo el acento en que respondían a las especificaciones propias de sus países (ni siquiera de Indoamérica, categoría aprista que nunca gustó mucho en el Caribe por su obvia exclusión de las poblaciones afrodescendientes), y que de ningún modo iban a pasar del imperialismo estadounidense, que resistían, pero con el que se podía negociar de algún modo, al soviético. Tales habían sido principios fundamentales de Betancourt y de AD. La Asociación Interamericana Pro Democracia y Libertad nunca tuvo un objetivo centralizador, ni un funcionamiento, hasta donde se ha podido averiguar, demasiado práctico, salvo el de ser un puente con el Partido Demócrata estadounidense (lo que no es poco)31. En el marco del periodo más duro de la Guerra Fría, no es irrelevante que la asociación haya sido en pro de la democracia y la libertad, y no de la revolución, el socialismo o el antimperialismo.

Con todo, el ingreso a la Internacional Socialista debía hacerse con alguna transición, respetando la tradición y guardando las formas. Como lo indica su nombre, la Conferencia de Caracas sirvió de puente, fue la última pro democracia y la primera de la Internacional, que es como la recuerda la mayoría de las personas32. En su discurso inaugural, Betancourt hizo cuatro propuestas concretas a los delegados. La primera, «que la Convención de Partidos Socialistas Europeos y de Partidos Latinoamericanos de orientación social-demócrata, reafirme su vocación de respeto al ejercicio de las libertades públicas; a la vigencia de los derechos humanos; a la elección de los gobiernos mediante el sistema de sufragio general, universal y secreto; y de una mejor distribución de la riqueza de los pueblos, para elevar los ingresos y la calidad de vida de los sectores mayoritarios de las naciones»33. Es una apretada y esclarecedora profesión de fe socialdemócrata, que sintetiza, casi en forma de credo niceno, lo fundamental de sus valores.

La segunda propuesta es la búsqueda de «acuerdos equitativos [con los países industrializados] que echen las bases de un nuevo orden económico internacional»34. La tercera, solicitar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas «una resolución que obligue a todos los Estados miembros a conceder la extradición de personas que hayan propiciado crímenes políticos, o cometido delitos de peculado»35. Y la cuarta, enviar «un fraternal saludo a los Partidos Socialistas de Portugal, España y sus afines ideológicos, por su gallarda y valerosa tarea que han venido realizando, después de desaparecer de ambos países de la Península Ibérica dos ominosas y largas dictaduras»36. Por eso, para terminar, Betancourt se permite «pedir a la Asamblea que, puesta de pie, ovacione a los compañeros Mário Soares y Felipe González»37. El taquígrafo recoge: «lo hace fervorosamente la Asamblea». Fue un paso de testigo. Si Nueva Sociedad no reparó en sus páginas en los históricos Betancourt y Haya de La Torre, lo hizo siguiendo en alguna medida sus propias indicaciones: el presidente de la Conferencia había apuntado hacia lo que ya todos veían como el futuro, y hacia ellos miró también la revista.

La socialdemocracia global, a modo de conclusión

Tenemos ya configurado el tapiz de esta historia. Los hilos han ayudado a tejer una parte (y una muy importante) de la socialdemocracia global. En la Caracas de 1976 a la que se mudó Nueva Sociedad se avistaba el despuntar, como una aurora, de la socialdemocracia global. La revista, protagonista de primera línea en este amanecer, le dio especial cobertura al relevo que habría de trajinarlo. En una larga entrevista, Felipe González presentó las ideas que anunciaban el camino por el que avanzaría el PSOE en la consolidación de la democracia española:

Yo creo que la conferencia se puede calificar de histórica, no tanto por el alcance que puedan tener las resoluciones que de aquí se deriven, ya que pienso que no se puede ser excesivamente pretensioso, pero creo que es un primer paso y de ahí su gran importancia, que permite el acercamiento de la Europa desarrollada a la América Latina en vías de liberación, no sólo política sino económica. Creo que la auténtica dimensión del encuentro está en un esfuerzo de mutuo conocimiento que tiene una trascendencia que va más allá de lo que hoy mismo puede calcularse. Supondrá, a la vez, un esfuerzo para el reencuentro de los países de la tierra que tratan de conseguir la independencia nacional, que supone algo más que una independencia política, es decir, una independencia económica, como en el caso de los europeos, que teniendo una independencia política claramente decantada, sin embargo tienen desde un punto de vista económico formas de dependencia muy marcadas. O, en definitiva, para decirlo de otra manera, se trata de la colaboración entre una Europa próspera y muy desarrollada con un asentamiento democrático, que hasta el momento parece firme, con los países del mal llamado Tercer Mundo, en concreto con América Latina, con quienes podría surgir una nueva fórmula de entendimiento internacional, con una nueva correlación de fuerzas que hiciera a los pueblos menos dependientes de las dos superpotencias y de los intentos hegemónicos de cada una de ellas.38

Más allá de estas declaraciones generales, de mayor alcance fueron sus observaciones concretas sobre África, algunos países específicos de América Latina y, naturalmente, España. Una en particular podría haberle gustado mucho a Betancourt:

nos han robado el término [socialismo]. Lo utilizan quienes no tendrían que utilizarlo. Y, sin embargo, todo quiere decir lo mismo en sustancia y a mi juicio. Social-democracia = democracia social = socialismo democrático = socialismo. Tenemos que luchar porque no nos arrebaten los conceptos que nos identifican dentro de unos márgenes amplios. Por consiguiente, yo creo que habría una denominación genérica que aportar. Socialismo «profundización del concepto de la democracia». ¡Qué es el socialismo sino la democracia de verdad! No hay socialismo sin democracia, no hay socialismo sin libertad39.

 

Ya en su discurso Betancourt había advertido sobre las complacencias con el totalitarismo («los hombres y mujeres de AD en las ya casi cuatro décadas que contamos como organización política, jamás hemos cohonestado los atropellos del régimen soviético contra sus vecinos y satélites suyos del Este europeo, ni las violaciones a los derechos humanos cometidas dentro de su propio territorio»40); en particular le preocupaba que «los mayores desafueros cometidos por Estados totalitarios, siempre que ostenten en su mascarón de proa la enseña comunista, merecen el silencio y el aplauso masoquista de muchos de los llamados ‘intelectuales de izquierda’ de Occidente, en todos los países y de todas las lenguas»41. Decir eso en momentos en los que Pérez emprendía su Ostpolitik con Cuba, y además hacerlo rodeado de socialistas europeos y del Cono Sur, con sus actitudes muchas veces empáticas con Fidel Castro o con el proceso chileno, era ponerel dedo en la llaga de muchos e increparlos de un deslinde claro. Y es justo lo que hizo González (quien en sus muchos viajes a Venezuela siempre peregrinó a la casa de Betancourt y llegó hasta a participar en actos de calle con él). También es lo que en breve, en el famoso congreso del PSOE de 1979, hará el histórico partido: el abandono del marxismo.

En aquel 1979 el otro ovacionado, Mário Soares, también hará lo propio. El texto que publicó en Nueva Sociedad (es importante recordar que se trata de uno de los fundadores de la revista) tiene un título que no deja espacio para muchas dudas: «El pueblo no come ideología. Congreso del Partido Socialista Portugués»42. La convención que este partido había tenido en noviembre de 1976 sirvió de base para «el desarrollo de la ‘idea de Caracas’», como definió Brandt43 la alianza con los partidos latinoamericanos, inicialmente AD y el PRI. En 1977 se reunirían en Roma. Ya al año siguiente, en 1980, la Internacional Socialista hizo una segunda gran reunión en Santo Domingo, donde creó el Comité para América Latina y Caribe. Los participantes fueron los mismos de Caracas (con algunas nuevas estrellas recién aparecidas en el firmamento, como el francés François Mitterrand y el nicaragüense Edén Pastora), y ya nadie usó alguna alusión a lo de pro democracia y libertad: la izquierda latinoamericana, al menos la caribeña, había aceptado entrar a la Internacional Socialista sin más remilgos. Cedió en lo de formar parte de una internacional, pero lo hizo en un marco de algo en lo que podía sentirse precursora, porque ya lo había hecho en las décadas de 1930 y 1940: la renuncia al marxismo de los dos partidos socialistas europeos con los que se sentía más cercana, el portugués y el español.

La socialdemocracia vivía su gran momento, se había hecho global, engrosado su familia con una gran cantidad de partidos africanos y asiáticos, y básicamente con todos los latinoamericanos progresistas. La idea de un socialismo en libertad y democracia (sí, «¡qué es el socialismo sino la democracia de verdad! No hay socialismo sin democracia, no hay socialismo sin libertad») se había impuesto, y todo indica que Caracas y Nueva Sociedad fueron protagonistas claves de este proceso de enormes consecuencias históricas.

 

FUENTE: NUSO.ORG

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